16 ene. 2009

¿Qué me harías?


Titulo: La mas bella imagen de un suicidio.
Autor: Robert C. Wiles




Cancion: Maps
Autor: Yhea, Yhea, Yheas


¿Qué me harías?

Hola de nuevo, últimamente he estado un tanto desconectado del mundo cibernético, ya no checo mis mail, hace poco precisamente me acabo de topar con 114 mensajes sin leer T_T, ya definitivamente ni siquiera uso el MSN, y rara vez me asomo por mis blogs, y ya también últimamente rara vez me siento frente a mi PC si no es para escribir algún poema o pensamiento, o jugar un juego nuevo, también he renunciado al uso de mi celular por el cual es ya mas difícil encontrarme, para los que me conocen no será raro pues sabrán que a mí nunca me ha gustado hablar por teléfono y si me compre un celular fue por otras razones ajenas a mí, pero en fin, he estado meditando muchas cosas y este ”break” que me he tomado de muchas cosas en serio me ha servido como jamás lo hubiera esperado, sin duda escribiré mis reflexiones mas delante pues escribir se ha convertido en una necesidad para mí. Pues bien, en medio de mi hermetismo auto impuesto y mi desconexión del mundo cibernético, entre esos 114 mails sin leer que tenía en mi bandeja, me tope con uno que llamo mi atención, lo escribía una amiga mía, y era un juego mamon que constaba de una simple pregunta ¿Qué me harías si me tuvieras a solas por 24 hrs?, fuera de lo gracioso del juego, la pregunta misma me inspiro una pequeña historia que les expongo a continuación, el escenario está situado en una tarde de domingo solitaria en las calles de lerdo, ciudad a la que últimamente le he agarrado gusto por recorrerla caminando por las tardes buscando cosas que fotografiar o simplemente pensar, bueno espero que les guste esta historia.

Como nota ando muy contento, porque uno de mis alumnos me dijo que yo era el profe mas chingon que habían tenido, y que había aprendido mas conmigo en el poco tiempo que llevo dándoles clases que en todo lo que había estudiado antes esa misma materia, sip eso le sube el animo a cualquiera ^_^.

Sobre la fotografía fue tomada en mayo de 1947, Evelyn McHale, de 23 años, se tiro al vacío desde el mirador situado en la planta 86 del Empire State Building (Nueva York, EEUU) tras ser dejada por su novio. Fue a caer sobre el techo de una limusina que en aquel momento estaba vacía. Evelyn dejo una nota de suicidio en la que escribió: “Él esta mucho mejor sin mi… Yo no seria una buena esposa para nadie”. La mano izquierda de la chica, ya sin vida, parece acariciar su collar.

Un estudiante de fotografía llamado Robert C. Wiles oyó el impacto, salio a la calle y tomo la instantánea que vemos. Esta fue publicada el 12 de mayo de 1947 en la portada de la revista norteamericana Life.








¿QUÉ ME HARIAS?
Por Manuel J. Martínez Rivera

El día acaecía, mientras el cielo se pintaba de ese azul grisáceo tan característico de la ciudad, apuntaba ya entonces ese día para ser uno más en la estela de estos tiempos incoloros, apuraba así mi paso, mientras la brisa fría de una tarde de invierno se hacía sentir ya con mesura. Si, era una tarde fría, pero por demás soleada, y solo un par de nubarrones intentaban desafiar al presto sol, dibujándose en las callejuelas empedradas de esta ciudad, como sombras, que al igual que yo, tomaban un paseo.

Caminaba entonces cual mozuelo ignorante de los males del mundo, persiguiendo nubes cual ideas que escapaban, las calles me parecían agradablemente solitarias, presas de un día donde el equipo local de futbol jugaba, encantado entonces en la visión de esa soledad, le preste toda mi atención a esta ciudad que parecía lucir más hermosa para quien no quisiera hacerla competir con una pelota. Entre el verde que alborotaba las plazas y nubecillas rebeldes, una catedral cercana se embotaba orgullosa hacia el cielo, y una melodía perdida en el aire viajaba a oídos juiciosos, a través de la sonata de un viejo guitarrista, melancólica sonido que parecía solo importar a las aves que junto a él paseaban.

De un paso gire para proseguir mi camino, mas cual sería la jugarreta del destino, cuando al voltear mi mirada no encontré yo nada más que una buena bofetada, en medio de sorpresa, con mi mano en la mejilla ofendida, vi a una presta fiera que con un marcado descaro me atacaba como cobrándose una ofensa no saldada, indignado quise responder, pero no eras sino una chiquilla que con claro desdén me miraba, veinte o veintidós primaveras te auguraba, pero más que eso, yo me preguntaba, ¿por qué chiquilla extraña me atacabas?.

No decías nada, de pie frente a mí con los ojos de un profundo marrón notoriamente manchados en vetas y cristales de lagrimas, no te conocía, ni mucho menos hubiera deseado hacerlo después de tu tan peculiar presentación, pero había algo en tu mirada que me hacia querer nadar en su profundidad, fundirme en sus matices para encontrarte dentro de ella, por un solo instante en mi vida, el mundo a mi alrededor desapareció, ¿quien eras chiquilla? ¿Acaso una loca perdida o tal vez solo fruto de mi desbocada imaginación? La melodía se detuvo, y como fantasmas las aves alzaron su vuelo alrededor nuestro, quietas como atrapadas en el tiempo, el viejo guitarrista su camino emprendió silbando una vieja canción, y por un instante, jure que me sonrió.

Yo no decía nada, absorto en el viento, que hacia danzar tu oscuro cabello cual pinceladas contrastadas en un lienzo, quieta, embestida en tu fúnebre ropaje de oscuras ondulaciones y lazos carmesí, tus ojos intensos no dejaban de mirarme, ¿que era lo que ellos me decían?, me quería volver loco, gracias a ti, no hubo falta meditarlo mucho tiempo, la empereza del silencio fue rota cuando firmemente me dijiste, ¿qué me harías?, confundido pregunte ¿qué clase de pregunta es esa?, me miraste en silencio, quise volver a decir algo, pero no me dejaste, giraste en otra dirección bajando tu mirada dándome la espalda, por un momento tuve miedo, ¿Por qué tenía miedo?, antes de entenderlo, alzaste tu mirada hacia las enormes torres de esa vieja catedral, enjugaste lo que parecía ser el resto de esas lagrimas que marcaban tu rostro, dejando escapar aquella voz que ahora me tenia preso, si, me dijiste, ¿que me harías si me tuvieras para ti solo? Por un momento sentí sonrojarme ¿Sera una prostituta? Pensé, no, no lo parecías, y tu voz, tu voz me entristecía, sonaba con la carga de mil penas arraigadas que quise arrancar en ese instante de tu alma, ¿pero eso es lo que querías de mí? ¿Qué me querías decir con tus palabras? Sin aviso, corriste entonces directo a la catedral, juro que tu grácil figura flotaba entre olas de ébano y escarlata. De nuevo me invadió el miedo, atrapado en tu misterio mis pies no dudaron en seguirte, te grite, mientras corría temeroso de jamás saber la respuesta, lo que paso después no lo tengo muy claro, un estruendoso rechinido, un destello y un golpe es lo último que supe de mi, antes de hundirme en un mar de voces que se abalanzaban sobre mí para luego callar lentamente.

Desperté un instante después, solo, confundido y adolorido, estaba tendido en la calle frente a la vieja catedral, con aquellas enormes torres apuntando al cielo pintado de un azul que mis ojos jamás habían visto, chapado en cientos de nubes aperladas que se arremolinaban en todas direcciones. Estoy bien, dije enfadado, pues al parecer nadie se dio cuenta de lo sucedido, me incorpore lentamente, parecía que algo me dolía pero no estaba seguro de que, suspire, pues aunque aun confundido, sentí que había corrido con mucha suerte. Fue cuando escuche la campanada, mire hacia arriba, y te vi, postrada a la orilla del campanario mirando al horizonte, un oscuro pensamiento llego a mi mente mientras una pregunta no dejaba de asolarme ¿qué vas a hacer?, mis dolores desaparecieron al instante, entre a la catedral y corrí al campanario , escalón tras escalón, la campana no dejaba de sonar en mi mente y corazón, un maldito tan tras otro, cuando al fin alcance la cima creí que sería demasiado tarde, pero ahí estabas tú, el sol dibujaba esa figura tuya en claroscuros vivos frente al azul turquesa que pintaba el cielo, jugueteabas a tocar la campana con una vara, mientras sentada en la cornisa mirabas perdida el horizonte, un alivio me invadió cuando tus ojos volvieron a postrarse sobre mí.

Tonta, te dije mientras me acercaba, me asustaste, en silencio me sonreíste, era la primera sonrisa que tus labios me regalaban, tan hermosa como el atardecer purpura que ya se dejaba ver poco a poco en el horizonte. Tu también te acercaste a mí, reposaste en la pared con una mano a tu espalda mientras con la vara resonabas unos débiles tan-tan, tus ojos dibujaron ese dolor ahogado cuando con una suave voz me dijiste, ¿Y entonces?, ¿qué es lo que me harías? No dije nada, te tome entonces de la cintura y te acerque a mí, temblaste entonces, pero antes de que dijeras algo te abrase fuertemente, apretando tu cuerpo contra el mío, tu mirada dibujo otro semblante en ese instante, temerosa volteaste entonces la mirada, tome tu barbilla para que me miraras de nuevo, no te preocupes, murmure, ya todo está bien, acerque tus labios a los míos, te aferraste a mí fuertemente perdidos entonces entre sombras y viejos recuerdos, envueltos en el carmesí atardecer.

Una multitud se arremolinaba en la calle, la ambulancia levantaba mi cuerpo sin vida de la calle, mis ojos vacios miraban hacia ese azul grisáceo tan característico de las ciudades, de esta ciudad jardín, donde al fin, al fin, pude ser feliz.


FIN